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Bandera, alegría, desafío y canción

Por Mario Wainfeld

Dicen que el todo es igual a la suma de sus partes, pero eso es una falacia, un embeleco fraguado en la boca de los liberales. Fíjese, sin ir más lejos, en la marchita. Su música es entusiasta, pegadiza, pero muy fungible, uno de los tantos jingles de la posguerra en la línea de aquel de "Casa Muñoz, donde un peso vale dos", o el de los pilotos Aguamar, que durante lustros entró por una oreja de los hinchas de fútbol y salió por la otra.

En cuanto a la letra, cabe reconocerle a la distancia la relativa audacia de contener el voseo ("qué grande sos", "cuánto valés") y el desafío del explícito plebeyismo de "muchachos". Pero cabe reprocharle el culto de la personalidad, llevado a extremos atronadores. Juan Perón, el gran conductor, se quejaba de estar rodeado de adulones y alcahuetes, pero tal parece le agradaba que le cantaran sus loas.

La música será tachín tachín y la letra tendrá sus rémoras. Pero en materia política, usualmente, el todo es muy otra cosa que la suma de las partes. La marchita es un tramo de la historia del peronismo y aun de la Argentina. Los autodenominados revolucionarios libertadores sabían lo que hacían cuando la prohibieron merced al decreto 4144. Su imposible utopía reaccionaria, que era borrar al peronismo, exigía ese silencio.

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