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Los ecos sonoros de un pasado feliz

Por Eduardo Romano

Nadie pondría en duda que la música ayuda a comprender muchos aspectos, sobre todo cotidianos, de una época. Algunas de estas marchas y melodías, además, me retrotraen a mi pasado escolar y adolescente, al patio de la escuela de la calle Maza al 200, donde nos reuníamos todos a cantar en ciertas ocasiones y donde hoy funciona un impersonal garaje. Después de terminar la facultad -a la que mi generación de primos y yo fuimos los primeros en acceder, pues nuestros padres no habían superado la primaria, en el mejor de los casos-, y para seguir con el hilo autobiográfico, en momentos de activa militancia, por lo menos intelectual, escribí en 1972 para la semiartesanal imprenta y editorial Cimarrón unos "Apuntes sobre la cultura popular del peronismo" que le adjudicaban un rol destacado a ciertos músicos y cantantes como intermediarios entre productos artísticos novedosos y las grandes audiencias.

Así se bailaba en los '40

Reparaba en el caso de Antonio Tormo, en cuyo variado y exitoso repertorio se combinaban temas provenientes de payadores anarquistas e yrigoyenistas anteriores ("El huérfano", "Mis harapos", "La canción del linyera") con ritmos neofolklóricos de diversas regiones argentinas: cuecas, zambas, milongas, gatos, chacareras y chamamés de gran repercusión entre la numerosa migración correntina y de rápida aceptación entre el resto del público (basta pensar que "El rancho'e la Cambicha" fue el primer disco nacional que superó el millón de placas).

Ese cancionero "facilitó, a su manera y dentro de un radio de acción preciso, la socialización de esos grupos migratorios que, al sentirse nombrados e identificados por sus versos, le respondían con un cariño y una fidelidad conmovedoras" (Romano, 1973, 46). Las leyendas y pancartas partidarias peronistas con que muchos asistían a sus espectáculos provocó, después de septiembre de 1955, que se lo investigara y prohibieran sus discos, aunque las simpatías políticas de Tormo eran más bien filocomunistas. Una prueba más de que los hechos populares -y durante la dictadura instaurada en 1976 abundaron- resultan siempre desconfiables o peligrosos para ciertas mentalidades facciosas.

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