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Envidia radical a la marchita

"No hay con qué darle, Raúl"

Por Mario Brodersohnr

Durante los primeros años del peronismo cursé la escuela primaria en Villa Crespo. Vivía en Vera y Aráoz, a dos cuadras de Canning y Corrientes, el downtown del ghetto judío. Durante aquellos años implantaron la enseñanza religiosa en las escuelas. Entonces, al llegar la hora señalada, la maestra indicaba que los alumnos católicos debían quedarse en el aula, mientras los no católicos teníamos que abandonarla. Se suponía que era para recibir clases de moral, como si hubiera quién enseñase esa materia. Ante la orden, en esa escuela que quedaba en pleno ghetto casi toda la clase se levantaba, precipitándose hacia el patio con notoria algarabía. En los asientos del aula quedaban apenas dos o tres chicos ante una maestra estupefacta. Fue ésa la primera vez en que me sentí parte de la mayoría. Esta sensación mayoritaria cambiaría muy pronto, cuando mis padres decidieron, antes de terminar mi primaria, mudarse a Villa Ortúzar. Allí, en la escuela que quedaba en la calle 14 de Julio, enfrente del paredón de la Chacarita, los rusitos éramos minoría. Debo reconocer que no me fue fácil la transición de mayoría a minoría, pero esa lección me fue útil cuando en 1989 el peronismo nos gano las elecciones.

Mi familia peronista no era. Como buenos gringos judíos, preferían mantenerse un poco al margen de la política, y en cuanto a Perón, lo miraban con desconfianza. No se decían cosas buenas de él. Pero a mí me interesaban otros asuntos, tenía otras prioridades. Así que le mandé una carta a la Fundación Eva Perón pidiendo una pelota. Poco tiempo después, apareció delante de nuestra casa de Villa Ortúzar una camioneta y me entregaron una de cuero con tientos, de ésas que se usaban entonces y que le hacían a uno un agujero en el cráneo cuando cabeceaba. Mi viejo quedó impresionado, y bastante confundido, porque hasta entonces pensaba que lo de los regalos de la Fundación era toda mentira. Pero la pelota estaba ahí, y también mi felicidad. Sin embargo, la cuestión no terminaría bien.

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