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Evocación y vigencia

Por José Luis Castiñeira de Dios

La "marcha" estuvo presente en mi vida seguramente en el nivel prenatal. Nací en el ’47, pero ya entonces, desde el ’45, mi padre se había adherido al justicialismo. Provengo, pues, de cuna peronista stricto sensu y esos nombres, Perón, Evita, Justicialismo, formaron parte de mi cotidianidad desde mi más tierna infancia.

Como la de Facundo para Sarmiento, la sombre de Perón planearía sobre la Argentina sin llegar a aterrizar.

Mamá siempre fue muy musical. Gran oído, buena voz, había estudiado piano. Ya casada, reemplazó el piano por un buen tocadiscos y una colección de placas que iban incorporando distintos géneros. Mi padre -José María- había nacido en la lejana Ushuaia pero había vivido el final de su infancia y el comienzo de su adolescencia en Tres Picos, un pueblito cerca de Tornquist, en el sur de la provincia de Buenos Aires. Ahí despertó su sentimiento lírico y de allí proviene su bellísimo poemario "Campo sur", que lo hizo entrar tempranamente por la puerta grande de las letras de la época, a través de un premio de literatura otorgado, entre otros, por Eduardo Mallea.

Creo que había en casa un disco de la "marcha" en su versión original, el ur-text, la cantada por la voz vibrante de Hugo del Carril. Pero mi preferida era la "Marcha del trabajo", para coro y orquesta. Era muy marcial y su texto planteaba un modelo laborista que la diferenciaba de la matriz militarista de casi todas nuestras canciones patrias. La extraordinaria letra de Oscar Ivanissevich celebraba el Día del Trabajo con la aviesa intención de apropiarse de la clásica festividad socialista y comunista, y decía en sus versos: "Hoy es la fiesta del trabajo/ y unidos por el amor de Dios/ al pie de la bandera sacrosanta/ juremos defenderla con amor". Lo que traducido venía a querer decir que la fiesta del trabajo era ahora de los trabajadores peronistas, que eran católicos y no ateos, que creían en las instituciones de la patria y no en ningún trapo rojo.

Pero lo mejor venía después, cuando Ivanissevich, presa de un delirio incontrolable, entraba a mezclar en forma surrealista los conceptos y, para elogiar el valor del trabajo en la nueva sociedad que el peronismo estaba forjando, decía: "San Martín cruzó el Ande trabajando/ y transpuso las cumbres hacia el sol". Me costaba un poco ver a San Martín como el protoprimer trabajador. Lo veía más bien con la imagen romántica de un guerrero, audaz, desinteresado, valiente, y... ¡a caballo! Para mí, un trabajador de la época era un señor con overol, nunca un militar blandiendo el sable corvo. Pero aun así me gustaba. Creo que por la música, que no era mala.

También recuerdo, cuando todo eso terminó violentamente en el ’55, una escena que conservo en todo su patetismo: tirados en el suelo de mi cuarto, junto a mi vecinito fraternal, Miguel Eduardo Quiroga, "Yogui", juntábamos los cientos de escuditos peronistas que coleccionábamos para meterlos en una bolsa y tirarlos a la basura, por temor a la llegada de la policía que iba a meternos presos por apología del Tirano Prófugo.

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