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Escrito sobre un cuerpo

Por Juan Sasturain

Ultimamente me entero tarde y mal de muchas cosas. Estoy lejos de Buenos Aires y recibo la noticia, atrasada, de la muerte de Hugo del Carril.

No viene sola. Ni la noticia ni la muerte del cantor. Estoy particularmente sensible o vulnerable ante ciertos dolores, y con la guardia baja. Veo o siento señales, síntomas -en mi cuerpo, en mi país, en el lugar donde se encuentran, son uno o se separan- que me provocan dolor, miedo, arcadas.

Tengo de pronto necesidad -tarde, mal y de lejos, como tantas veces he pensado que "no se debe"- de escribir sobre este cuerpo ausente: el de Hugo, el mío, el Otro Cuerpo que estamos enterrando entre muchos, el del Viejo, el del peronismo en suma.

Gestos

Entre los papeles que arrastro conmigo encuentro el borrador inconcluso de una nota que, en su versión definitiva, todavía ocupará un lugar en algún cajón atestado de Miguel Briante. Es un texto ocasional y obsceno sobre Hugo del Carril. Los adjetivos provienen de las circunstancias, no del contenido: escrito velozmente hace un tiempo ya -tal vez dos años-, cuando Hugo tuvo el primer sacudón y pareció que quedaba del Otro Lado, es parte de lo que debía ser un suplemento de homenaje en Página/12, entre evocaciones, testimonios y necrológicas. Del Carril amagó aquella vez pero se quedó, las notas esperaron como cuervos y uno de los más desplumados es la mía.

La tengo acá, en pedazos no muy coherentes. Reconozco por lo menos dos ideas. Una, no explícita, pero que sé que está en la base misma de la reflexión, es que no me entusiasmaba mucho Hugo del Carril como cantor. Acaso por desconocimiento u oreja distraída, pero nunca me sentí conmovido por su voz, tocado por el repertorio. La otra cuestión que me interesaba, ésa sí, es la del cantor como intérprete. Y veo en Hugo del Carril al intérprete popular en términos absolutos. Esa idea me gusta.

Básicamente, se trata de observar que en el tango no existe el equivalente ideológico, la figura homóloga a lo que se puede llamar, con un neologismo espantoso, "cantautor", un tipo de creador en el campo de la canción popular que data de los años sesenta, al menos como fenómeno masivo en la Argentina. Alguien como María Elena Walsh, Zitarrosa o Serrat, independientemente del género cultivado o de las inflexiones políticas ocasionales de sus canciones, tiende a que en el oyente se produzca una identificación "natural" entre el sujeto de la canción -el que habla y lo que dice en la letra- y el sujeto de la enunciación -el cantor que canta-. Larralde, por ejemplo, encarna la apoteosis de ese gesto de asimilación, desde la perspectiva tradicional del "cantar opinando" hernandiano.

En el tango, ese gesto, esa actitud, no existe: el cantor de tangos se relaciona antes que nada con el género que cultiva. Como el cantante lírico, está más cerca del actor que de otra cosa. Al elegir un repertorio, "pone en escena", "representa" un tango, una historia, una confesión, un estallido de sarcasmo, una puteada metafísica... Ningún cantor es bueno por lo que dice o se salva por eso -el Zorzal se enfervorizó de derecha en "Viva la patria" y testimonió comprometido en "Al pie de la Santa Cruz"-; su oficio es recrear, transmitir, ser un vehículo apenas para que a través de él se exprese el género y, mediante el género, la gente... Un proceso o círculo en el que el pueblo -sí, ya sé que suena a demasiado- está al principio y al final.

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