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Tres testimonios del 16 de junio de 1955

¡Mil veces una muerte argentina!

Por Jorge A. Gaggero

Ese himno "heroico" y guerrero que fue la "Marcha de la Libertad" tuvo un efímero éxito musical y político. No ganó ningún "disco de oro" y, poco tiempo después de su mítica grabación "en vivo" en los sótanos de la Iglesia del Socorro, comenzó a perder adeptos de modo visible. No deben confundirse, sin embargo, su limitada popularidad ni su corta vida musical con falta de eficacia. Esa marcha ayudó de modo significativo a templar el carácter, alimentar las ilusiones y dar firmeza al pulso de los civiles y los militares que durante las jornadas de junio y septiembre de 1955 fueron el instrumento armado del inicio de un mayúsculo quiebre institucional, económico-social y también cultural. La dimensión de esta contribución musical y poética fue -no obstante- de menor magnitud que la provista, también en el plano del espíritu, por el clero de una Iglesia ferozmente embanderada.

El país no parece haber logrado superar -medio siglo después- las consecuencias de aquella lejana fractura, que ha sido prolongada (e incluso acentuada) por los múltiples remezones posteriores. Por ello resulta de interés el rescate de la memoria acerca de tales acontecimientos, en especial el golpe "fallido" del 16 de junio de 1955.

Se transcriben entonces, a modo de modesta contribución al rescate de la verdad histórica posible y la reflexión colectiva necesaria, tres breves testimonios familiares acerca de lo que se vivió en esa trágica jornada de otoño del ’55.

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No recuerdo indicio alguno. Todo parecía calmo hasta entonces. No es fácil apelar a la memoria cincuenta años después. Menos, pedirle fidelidad (¿a qué?, ¿a quiénes?). Por momentos pienso que mis nueve años de lidia mundana, a esa fecha, debieran asegurar imágenes y sensaciones nítidas. No logro sin embargo recuperar recuerdos previos claros de sucesos que hubieran podido anticipar, a un observador más maduro, lo que ese día sucedió. Salvo quizá los sermones de los curas españoles de la Iglesia de San Agustín, en la avenida Las Heras, a metros de Agüero, que viraban, semana a semana, hacia un tono más apocalíptico. No por su contenido, ni tampoco por sus entrelíneas, que yo no podía descifrar a pesar de estudiar en la "prestigiosa" Escuela Argentina Modelo. ¿Habrá sido meramente gestual el giro que podía percibirse en las puestas en escena de estos curas durante los meses previos, cuando escalaba el conflicto entre Perón y la Iglesia? (Esto último lo supe después.) De todos modos, esta cuestión no podía inquietarme demasiado en ese entonces.

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